Otto Rank y el Doppelgänger

Ref.: Otto Rank (2022): El doble. Un estudio psicoanalítico del Doppelgänger, Madrid, Sequitur Ediciones. [112 pp., 14,00 €. Traducción de Pedro Argudo Buenacasa].

 

 

«The soul as a shadow and as a reflexion»

[El alma como sombra y reflejo]

James Frazer, La rama dorada

 

En una carta a Karl Abraham del 14 de marzo de 1911, Sigmund Freud se lamentaba por la escasa valía intelectual de sus discípulos de Viena: «De nada nos servirán todos mis vieneses, salvo mi pequeño Rank: este sí tiene un gran futuro».[1] Otto Rosenfeld («mi pequeño Rank») nació en Viena en 1884 en el seno de una familia judía humilde. El padre, alcohólico e irresponsable, afligió a su familia más por su indiferencia que por su crueldad. Desde joven, Rank trabajó en distintos empleos para ayudar económicamente a su madre y se graduó en una escuela de comercio. En 1903, Otto Rosenfeld cambió su apellido, tomando el de Rank de un personaje de la obra Casa de muñecas de Henrik Ibsen.

En 1906, con 22 años, gracias a Alfred Adler, Rank conoció a Freud y le llevó el manuscrito de su ensayo El artista.[2] Freud reconoció de inmediato su talento y, desde ese momento, ocupó un lugar preferente en su vida: fue uno de sus colaboradores de más confianza y le mostró una actitud afectuosa y paternal, brindándole apoyo para completar su formación universitaria. Con su ayuda, Rank estudió Filología Germánica y Clásica en Viena y se doctoró en 1912 con una tesis sobre el poema épico alemán Lohengrin (Die Lohengrin Sage). Su actividad en el movimiento psicoanalítico fue intensa y efectiva, y ocupó distintos cargos, como el de secretario de la Asociación Psicoanalítica de Viena (1912-1924), director, junto a Hans Sachs, de la revista Imago, editor de la revista Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse y director de la editorial Internationaler Psychoanalytischer Verlag (1919-1924).

Sin embargo, a raíz de la publicación en 1924 de El trauma del nacimiento, su obra más importante, la relación con Freud y el movimiento psicoanalítico se deterioró. En este libro, Rank reformuló la teoría y la práctica psicoanalíticas, al defender que el nacimiento constituye el trauma psicológico fundamental del ser humano, que genera una angustia primordial y marca el inicio de la neurosis. Aunque Freud ya había mencionado en 1908 que el acto del nacimiento constituía una «fuente de angustia», Rank introdujo la idea original de la importancia psicológica fundamental de la madre en el desarrollo del niño, así como de sus funciones protectoras y educativas, y del vínculo afectivo y la dependencia que el niño establece con ella. Rank también diseñó su propio método terapéutico y estableció un límite de tiempo para el tratamiento. La teoría de Rank sobre el trauma del nacimiento generó controversia en el ámbito psicoanalítico, ya que cuestionaba los fundamentos freudianos, como el complejo de Edipo, la función paterna, la castración y la represión, que definían la teoría y la práctica del psicoanálisis. La teoría de Rank fue rápidamente criticada por algunos psicoanalistas como Karl Abraham y Ernest Jones, que la consideraron una desviación de la ortodoxia psicoanalítica. Para Jones, el libro «mal escrito y confuso […] se componía de extravagantes especulaciones en el terreno del arte, la filosofía y la religión». Estas críticas también revelaban la animadversión que sentían hacia Rank, al que descalificaron y acusaron de traidor y desleal. Jones afirmó que padecía «ciclotimia, es decir, psicosis maniacodepresiva» y que comenzó a separarse del psicoanálisis tradicional en los años veinte, como consecuencia de los «asombrosos y notables» cambios que sufrió su personalidad en los años posteriores a la finalización de la Primera Guerra Mundial. Al principio Freud mantuvo el afecto y el respeto hacia Rank y atribuyó las críticas a rivalidades y celos entre sus discípulos. Sin embargo, la presión ejercida por el comité psicoanalítico consiguió que Freud acabara repudiando a Rank.

En 1926, Rank se trasladó a París y, durante el resto de su vida, desarrolló una exitosa carrera como conferenciante, escritor y terapeuta en Francia y Estados Unidos. Otto Rank falleció en Nueva York en octubre de 1939, a los 55 años, a causa de una septicemia, un mes después de la muerte de Freud en Londres, a los 83 años.

 

El fenómeno del doble es un tema recurrente en la literatura, el cine, la psicología y la filosofía. Se refiere a la experiencia de tener un sosias o alter ego —ya sea físico, psicológico o simbólico—, y suele acompañarse de connotaciones inquietantes o sobrenaturales. Forma parte de un conjunto más amplio de creencias paranormales, como la «bilocación», es decir, la supuesta capacidad de las personas para disociarse en dos cuerpos materiales —o en un cuerpo material y otro «etéreo»— y encontrarse en dos lugares distintos al mismo tiempo, y los «cuerpos astrales», unos hipotéticos cuerpos de materia sutil que conectan el cuerpo terrestre y la representación astral superior. Desde Paracelso hasta Carl Du Prel, se ha creído que el cuerpo astral transporta la energía psíquica (de hecho, la mayoría de las religiones y culturas cuentan con formas análogas de «metaorganismos» en sus sistemas de creencias).

Históricamente, la experiencia del doble es antigua y no depende culturalmente del pensamiento occidental. En su obra Meteorológicos,[3] Aristóteles narra el caso de un hombre con problemas de visión que creía que, al caminar, le precedía siempre una imagen que le miraba de frente. Aristóteles lo explica diciendo que el aire actuaba como un espejo debido a su déficit visual. Aunque estos fenómenos son universales, las distintas creencias culturales sobre los límites del yo pueden hacer que la visión de la propia imagen se considere anómala, como ocurre en la cultura occidental contemporánea, que establece unos límites estrictos para el yo.

La definición del Doppelgänger que ofrece el escritor alemán Jean Paul Richter como «gente que se ve a sí misma» resulta engañosa. En realidad, el fenómeno del doble es un concepto heterogéneo e incluye diversas experiencias. Por un lado, puede tratarse de un fenómeno perceptivo, la «autoscopia» —literalmente, «verse a sí mismo»—, es decir, la experiencia visual en la que el sujeto ve su imagen en el espacio exterior. Por otro lado, el término Doppelgänger también se ha aplicado a la vivencia de estar acompañado por un doble. Por lo tanto, es incorrecto equiparar la autoscopia y el Doppelgänger ya que el doble con frecuencia se «siente» como una presencia, pero no se ve. Por ejemplo, en los cuentos fantásticos de Guy de Maupassant los protagonistas no «ven» dobles. En algún relato como El Horla se producen desdoblamientos de la personalidad o se vislumbra la presencia difusa de su alter ego, como un espíritu invisible o un ente misterioso que lo acompaña, lo observa, lo espía, o se introduce en su mente, pero en ningún caso se describe la visión de un doble.

Maupassant ilustra el mito romántico del escritor que ve dobles por todas partes, mito que refleja en su obra. Aunque no las describiera claramente en sus narraciones, Maupassant sufrió alucinaciones del doble, especialmente en la etapa final de su vida, como recogen Paul Morand en su biografía y Paul Sollier en Les phénomènes d’autoscopie de 1903. En este último, Sollier relata el testimonio de un amigo del escritor francés sobre la alucinación del doble que este sufrió en 1889: «Mientras estaba sentado ante la mesa de su estudio, donde su sirviente tenía orden de no entrar jamás mientras estuviera escribiendo, le pareció oír que se abría la puerta. Se volvió y no le sorprendió demasiado ver su propia imagen, que se acercó, se sentó frente a él, con la cabeza en la mano y comenzó a dictarle todo lo que escribía».[4]

Otras experiencias incluidas en el fenómeno del doble son las percepciones visuales que implican al yo, como las experiencias extracorporales, la autoscopia negativa (descrita también por Maupassant en El Horla cuando la imagen del protagonista desaparece ante el espejo) y la autoscopia interna. Las experiencias extracorporales, que a veces se producen junto con otros fenómenos como las experiencias cercanas a la muerte, pueden tener un componente visual o limitarse a la sensación física de abandonar el cuerpo. La experiencia visual más habitual consiste en que el yo incorpóreo flote sobre la cama y observe el cuerpo físico desde fuera. Por tanto, se trata de una experiencia distinta a la de la autoscopia, en la que el sujeto psíquico permanece dentro del cuerpo, pero ve una imagen fantasma en el espacio exterior.

La autoscopia negativa o ausencia de imagen especular es un fenómeno infrecuente y que en la literatura se ilustra fundamentalmente con el mito del vampiro. Más extraordinario aún es no reconocer la propia imagen en el espejo, o incluso realizar una identificación completamente errónea, como ocurre en la demencia. Un síntoma sorprendente, aunque inusual, es la autoscopia interna, en la que la persona ve el interior de su propio cuerpo y los órganos internos se observan como si estuvieran expuestos en una carnicería. Por último, el concepto del doble también puede generar confusión entre la autoscopia (alucinación) y el síndrome de Capgras (delirio), en el que el paciente cree que un familiar o personas de su entorno han sido suplantadas por un doble idéntico. En definitiva, de la literatura sobre el doble se derivan tres características: 1) la repetitividad; 2) la imprecisión y la falta de definición, con una mezcla de fenómenos diversos; y 3) la escasa utilidad clínica y científica. No existen buenas descripciones clínicas y se desconocen la etiología, la presentación clínica, la historia natural y el significado con exactitud.

 

 

Otto Rank y el Doppelgänger

 

Otto Rank fue un escritor prolífico y, además de sus obras sobre psicoanálisis, escribió sobre antropología cultural, historia de la cultura, mitología, psicología de las artes y creatividad. En Der Doppelgänger. Eine psychoanalytische Studie, publicado en 1914, recurrió a la antropología para revisar algunas actitudes de otras culturas hacia las experiencias de identidad doble, agrupándolas todas bajo el mismo término. En este trabajo estudió sus fuentes literarias y formuló una interpretación psicológica.

A partir de la película El estudiante de Praga, de Hanns Heinz Ewers, Rank realiza un análisis del doble fundamentalmente en la literatura romántica del siglo xix, con las descripciones del doble y experiencias afines en las obras de autores como E.T.A. Hoffmann (Los elixires del diablo, La princesa Brambilla, El hombre de arena), Jean Paul Richter (Hesperus, Titán, Siebenkäs), Johann Wolfgang von Goethe (Poesía y verdad), Oscar Wilde (El retrato de Dorian Gray), Guy de Maupassant (El Horla, ¿Él?), Edgar Allan Poe (William Wilson) y Fiódor Dostoievski (El doble). Además de Maupassant y Poe, otros escritores como Alfred de Musset, Johann Wolfgang von Goethe, Robert Louis Stevenson, Gérard de Nerval o James Hogg experimentaron alucinaciones relacionadas con el doble. En la mayoría de estas narraciones, el Doppelgänger representa una aterradora amenaza para el individuo, simboliza su duplicidad física, establece una inquietante continuidad psicológica y se convierte en el heraldo de la muerte o en un alter ego maligno que amenaza con aniquilar al original. Sin embargo, en autores como Heinrich Heine, el Doppelgänger simboliza una especie de doble o reflejo de uno mismo y se relaciona con la idea de un doble como figura introspectiva que representa vivencias y conflictos internos. Así aparece, por ejemplo, en sus obras Alemania. Un cuento de invierno (Deutschland. Ein Wintermärchen) y en el poema Der Doppelgänger, incluido en el Libro de las canciones (Buch der Lieder), y que figura en el ciclo de canciones El canto del cisne (Schwanengesang) de Franz Schubert, compuesto en 1828, el año de su muerte.

En su análisis, Rank no hace una crítica literaria de los textos, sino que se limita a trazar un perfil psicológico de los autores, sus patologías y su tendencia a desarrollar enfermedades psiquiátricas. En este sentido, se ajustó a lo que advirtió Castilla del Pino: «Por lo que a la obra literaria concierne, el psicoanálisis considera que el valor estético de un texto no es de su incumbencia».[5] No obstante, Rank y, posteriormente, Freud ofrecieron algunas claves literarias esenciales sobre el fenómeno del doble. Rank destaca que casi todos los autores mostraban personalidades patológicas y enfermedades psiquiátricas o neurológicas. Hoffmann sufría cambios de humor, alucinaciones e ideas compulsivas y falleció a causa de la sífilis en 1822, a los 46 años. Edgar Allan Poe padecía inestabilidad emocional, adicción a los opiáceos y alcoholismo, con episodios de delirium tremens. Murió en 1849, a los cuarenta años. Guy de Maupassant padeció neurosífilis, alcoholismo y drogadicción, y experimentó alucinaciones, delirios paranoicos y conductas suicidas que motivaron su internamiento en un manicomio donde falleció en 1893, a los 42 años. Dostoievski tenía un carácter excéntrico y paranoide, y sufrió epilepsia con episodios de gran mal precedidos por auras epilépticas. La epilepsia de Dostoievski se refleja en varias de sus novelas, especialmente en El idiota, y se ha relacionado con la ludopatía que padeció. Algunos autores también sugieren que las auras epilépticas pudieron influir en su misticismo.

Seguidamente, Rank examina el papel que desempeñan las tradiciones, los mitos, las supersticiones y el folclore en el fenómeno del doble. Tradicionalmente, al Doppelgänger se le atribuyen dos antecedentes ancestrales: el mito de los gemelos y los símbolos creados en torno al alma y sus diversas asociaciones como la sombra, el retrato, el reflejo y la estatua. Según Rank, el culto primitivo a los gemelos se basa en la dualidad del alma, y todas las culturas consideran la sombra como equivalente del alma. No obstante, rechaza que el Dopplegänger se apoye directamente en los gemelos y su análisis se centra básicamente en la sombra, señalando que culturalmente constituyó una objetivación del alma incluso antes que el reflejo especular. Como señala Guillermo Serés, en la mayoría de las culturas, escuelas filosóficas y religiones antiguas y modernas, el alma es el principio activo inmaterial que se acopla a un cuerpo para darle forma y dotarlo de todas las funciones vitales. También nombra la parte divina del ser humano, su sustancia espiritual y, por lo tanto, imperecedera o inmortal. En Homero, cuando el hombre muere el alma abandona el cuerpo, se convierte en espectro, lleva una vida de sombra en el mundo subterráneo y es una «réplica» del difunto.[6]

En la mayoría de las culturas, la sombra se considera el equivalente del alma, lo que explica el enorme valor que se le atribuye y las numerosas supersticiones y miedos relacionados con ella. Estos temores también se manifiestan en forma de mitos y tabúes en civilizaciones antiguas, como recopiló James Frazer. La sombra tiene dos aspectos: por un lado, se ha considerado un espíritu protector y, por otro, un alter ego que acosa y atormenta.

Rank revisa ciertas supersticiones asociadas con la sombra que existían en algunas regiones de Austria y Alemania, como la tradición de encender una vela en Nochebuena o Nochevieja. Según esta creencia, quien no proyecte sombra en la pared o cuya sombra no tenga cabeza morirá durante el año entrante. Estas creencias se corresponden con la atmósfera mística y de misterio que rodea a estas fechas y están relacionadas con las experiencias del doble, que en la cultura y el folclore europeos se consideraban presagio de una muerte inminente. Así lo recoge, por ejemplo, Arthur Schopenhauer en su Ensayo sobre la visión de espectros y lo que se relaciona con ella, donde incluye «los casos de la visión de uno mismo por cuanto a veces, aunque no siempre, anuncian la muerte del que se ve».[7] Esta faceta del Doppelgänger se manifiesta en Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, de Goethe, y en El doble, de Dostoievski. En esta última, un compañero de trabajo hace saber a Goliadkin que el parecido con su doble (Goliadkin II) no es infrecuente y que el sentido que ha de darle a la semejanza es muy concreto: «Pero no se preocupe. Estas cosas pasan pronto. Mire, le voy a decir algo. Lo mismo le ocurrió a una tía materna mía. Antes de morir vio a su propio doble delante de ella…».[8]

En directa oposición a la concepción de la sombra como heraldo de la muerte se halla la idea de la sombra como entidad fecundadora. Esto ocurre en la Anunciación a María, cuando el ángel le hace saber que concebirá un hijo sin necesidad de conocer varón «porque el Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lucas, 1, 35). La sombra como símbolo de fecundidad es también el tema del libreto que Hugo von Hofmannsthal escribió para la ópera La mujer sin sombra, de Richard Strauss.

En el último capítulo, Rank lleva a cabo un estudio psicoanalítico del Doppelgänger, sugiriendo que no es solo un recurso literario, sino un reflejo de la psique humana. El autor vienés relacionó el doble con los miedos inconscientes, los deseos reprimidos y la lucha contra la muerte, y lo consideraba una expresión del yo, que reflejaba tanto el yo idealizado como las ansiedades del individuo. Rank toma la idea de la sombra como una de las primeras y más primitivas representaciones del alma. Esta representación original crea una imagen casi exacta del cuerpo; es decir, un verdadero doble que, además, desmiente la idea de la muerte mediante un desdoblamiento de la persona, encarnado en la sombra o en el reflejo. En otras palabras, para Rank «la muerte se vuelve soportable gracias a que la figura del doble nos asegura una vida después de la actual».

Además, Rank vincula el doble con el narcisismo, ya sea como representación del yo ideal o como mecanismo de defensa contra la angustia de muerte y la disolución del yo. Esta función defensiva puede manifestarse como temor a la propia imagen, a perderla o a ser perseguido por ella. La persecución que sufre el individuo por parte de su doble (la paranoia que Freud explicó como una «predisposición al narcisismo»), se acompaña de un impulso asesino contra este que, con frecuencia, desemboca en locura y suicidio. En este caso, el síntoma más llamativo es un intenso sentimiento de culpa, que obliga al protagonista a transferir la responsabilidad de sus acciones a su otro yo (el doble) que resulta ser el demonio en persona (como en Los hermanos Karamazov de Dostoievski) o se crea a partir de un pacto diabólico. El sentimiento de culpa también se relaciona con el narcisismo y el significado de la muerte: el deseo de la eterna juventud, el temor a envejecer y el miedo a morir («la inmensa fobia a la muerte»). Esto nos lleva al importante tema del suicidio, que se da en muchos personajes perseguidos por sus dobles. Según Rank, en realidad no se teme a la muerte, sino al declive físico (como dice Dorian Gray: «Cuando descubra que envejezco, me mataré») y a la expectativa de una fatalidad inevitable (de nuevo Dorian Gray: «No le tengo miedo a la muerte. Es su forma de llegar lo que me aterroriza»). La inminente destrucción del yo y la idea de la eterna desaparición los atormenta de tal forma que solo la muerte puede redimirlos. Como afirma Rank: «Así se explica la paradoja de que el suicida, para liberarse del insoportable temor a morir, se quita la vida motu proprio».

Un poco más tarde que Rank, Freud trató este tema en su ensayo de 1919 Lo siniestro (Das Unheimliche),[9] donde, a partir del análisis de dos obras de Hoffmann —El hombre de la arena y Los elixires del diablo—, señala que el doble genera angustia porque refleja lo reprimido, aquello que uno no quiere reconocer de sí mismo. Freud analiza el concepto de lo Unheimlich (lo siniestro, lo inquietante o lo familiar desconocido) en la literatura y en la vida real, y explora cómo ciertos elementos, que a primera vista pueden parecer familiares o inofensivos, pueden generar una sensación de angustia y extrañeza al revelar lo reprimido o lo olvidado en el inconsciente. Como ejemplo, Freud toma el fenómeno del doble y recurre a la teoría de Rank para explicar la transformación del Doppelgänger, que inicialmente era una medida de seguridad contra la destrucción del yo, una poderosa negación de la omnipotencia de la muerte; pero que, al superarse la fase del narcisismo primitivo, se convierte en un ominoso mensajero de la muerte.

Freud fue el último en desconfiar de Rank. Siempre mantuvo una actitud afectuosa y paternal con el joven discípulo. Cuando este publicó El trauma del nacimiento, que le había dedicado, no se alteró. Incluso cuando surgieron las críticas de Abraham y Jones, se mostró diplomático y conciliador, y expresó su «confianza incondicional» en él. Sin embargo, cuando el desacuerdo alcanzó proporciones difíciles de frenar, propuso una reunión del Comité Psicoanalítico para examinar todo el asunto. Los críticos, más freudianos que el propio Freud, alegaron que Rank estaba rechazando la enseñanza de Freud sobre la importancia del padre en el desarrollo psicológico. La doctrina del trauma del nacimiento significaba «escapar del complejo de Edipo», afirmó Jones. Incluso Anna Freud se mostró muy beligerante: «Escupe fuego cuando se menciona el nombre de Rank», le escribió Freud a Max Eitingon. Finalmente, Freud cedió a las presiones y acabó menospreciando a Rank llamándolo «un impostor por naturaleza».

Tras el fallecimiento de este, Anaïs Nin, que lo había conocido en París, escribió en su diario: «Sin duda, tuvo penas, depresiones profundas, decepciones y frustraciones, pero nunca se volvió amargado ni cínico. Su fe nunca se extinguió, ni su capacidad para sentir, para reaccionar. Nunca se endureció ni se volvió insensible».

En su estudio sobre el Doppelgänger, Rank vincula la literatura, los mitos y las supersticiones con conceptos psicoanalíticos fundamentales, como el narcisismo, la muerte, la angustia, la supervivencia y lo ominoso. El concepto del Doppelgänger se refiere a una expresión de los deseos y ansiedades inconscientes asociados con la angustia de separación, en particular la que se experimenta con el trauma del nacimiento.

 

[1] Freud, S. y Abraham, K. (2001): Correspondencia completa 1907-1926, Madrid, Síntesis, p. 141. [Traducción de Thomas Schilling].

[2] Rank, O. (2024): El artista: Aproximaciones psicológicas, Madrid, Casimiro Libros.

[3] Aristóteles (1996): Acerca del cielo. Meteorológicos, Madrid, Gredos, Libro III, 4, p. 368. [Introducción, traducción y notas de Miguel Candel].

[4] Sollier, P. (2006): Les phénomènes d’autoscopie. L’hallucination de soi-même, París, L’Harmattan, pp. 10-11.

[5] Castilla del Pino, C. (1984): «El psicoanálisis y el universo literario», en Aullón de Haro, P., Introducción a la crítica literaria actual, Madrid, Editorial Playor, p. 253.

[6] Serés, G. (2019): Historia del alma. Antigüedad, Edad Media, Siglo de Oro, Barcelona, Galaxia Gutenberg.

[7] Schopenhauer, A. (2006): «Ensayo sobre la visión de espectros y lo que se relaciona con ella», en Parerga y Paralipómena I, Madrid, Trotta, pp. 249-327. [Traducción, introducción y notas de Pilar López de Santamaría].

[8] Dostoievski, F. (1983): El doble, Madrid, Alianza, p. 74. [Traducción de Juan López-Morillas].

[9] Freud, S. (1974): «Lo siniestro», en Obras Completas, Tomo VII, Madrid, Biblioteca Nueva, pp. 2483-2505. [Traducción de Luis López-Ballesteros].

 

Autor

  • Rogelio Luque. Doctor en Medicina. Profesor titular de psiquiatría de la Universidad de Córdoba y psiquiatra del Hospital Universitario Reina Sofía de Córdoba. Ha sido Visiting Scholar, Departamento de Psiquiatría, Universidad de Cambridge, Reino Unidoy Bye-fellow del Robinson College de Cambridge.

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